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Relájate y disfruta

Escrito por Rosa.

Este fin de semana empieza mi particular Carrusel Deportivo. Hoy mi hijo mayor con su nuevo equipo de fútbol. Mañana, cuatro de mis compañeros de entrenamiento en las maratones de Sevilla y Tokio. Luego seguirán Barcelona, París, Madrid…

Y yo, pendiente de los resultados, ilusionada por ver lo que hacen unos y otros, porque estas metas no son exámenes finales, son premios a sus esfuerzos.

Ilusionada porque me veo en todos ellos, porque dentro de un mes yo también tendré mi propio premio: Maratón de Roma.  Ilusionada por ver cómo fructifican las horas de correr por asfalto, por empedrado, por pistas de tierra, por todos esos caminos que llevan a Roma. Ilusionada y satisfecha porque en la preparación estoy poniendo toda la carne en el asador, así que cuando me encuentre en el Coliseo, sólo habrá una frase en mi cabeza. Y no va a ser “¡A por todas!”. Será “Relájate y disfruta…”.

Qué pensamiento tan importante a la hora de practicar deporte. Está muy bien que de vez en cuando nos pinche el aguijón de la competitividad. El esfuerzo, el afán de superarse a uno mismo y el compañerismo son algunos de los valores que el deporte nos aporta como no lo hace ninguna otra parcela de la vida. Pero como en todo, qué importante es no obsesionarse, tener la mesura que -aunque suframos- nos permite disfrutar.

El fútbol siempre me ha dado cierta alergia. Lo confieso. Pero una vez más se cumple el dicho de “si no quieres caldo, ¡toma dos tazas!”: me ha salido un niño futbolista, así que me he vacunado, me he liado la manta a la cabeza y ahora soy una hincha dispuesta a peregrinar los sábados por los patios de los colegios de media geografía aragonesa. Y lo mejor de todo, ¡disfruto! Pero también me indigno al ver la actitud de algunos padres que abroncan a sus hijos por haber perdido un partido. Eso no es entrega, para mí eso es esclavitud infantil.  Conocí de cerca un caso de tantos. Los padres empeñados en ver jugar a su hijo en las filas de un equipo grande. El niño no quería seguir en el fútbol porque los entrenamientos terminaban muy tarde, así que tan pronto cumplió los catorce, sus padres le compraron un ciclomotor para ir a entrenar. Al final, tuvo un accidente con la moto. Afortunadamente nada grave, sólo la nariz rota y alguna que otra magulladura gorda. Pero lo peor es que en cuanto se recuperó, el chaval volvió a los entrenamientos. ¿Qué sentido tiene forzar lo que no se desea?  A todos esos padres, también les aplicaría yo mi “mantra” romano: “relájate y disfruta”.

Y esa frase me la voy a repetir hasta la saciedad estos días, porque cuando pienso en Roma, ya me acelero. Porque sé lo que me espera. Ahora que ya he corrido un maratón, sé de verdad lo que se sufre. En esa ocasión, tenía muchos miedos, se lo conté a mis hijos en una carta abierta (Carta abierta de una madre (futura) maratoniana a sus hijos) para intentar disiparlos. Pero también sé que todo ese sufrimiento compensa de sobras.

Aún me emociono al recordar los abrazos en la meta y la felicitación de gente que no conocía de nada, pero que había leído mi carta y que como me había conocido por la foto del artículo quiso saludarme. Todavía se me escapa alguna lágrima al recordar a los niños del Flip Flap, el equipo de gimnasia deportiva que animaba a los corredores en el Puente de Piedra de Zaragoza. Al pasar por ahí, una amiga que estaba con ese grupo, ni corta ni perezosa, agarró el micro y empezó a corear mi nombre por megafonía. “¡Rosa Balaguer! ¡Rosa Balaguer! ¡Arriba esa Rosa!”  Y claro, eso en el kilómetro 38, con el Pilar de fondo, yo que soy zaragozana hasta el tuétano… pues me vine arriba, me emocioné, tuve ganas de echarme a llorar para decir que ya no podía ni con mi alma, pero no me salió ni una gota, porque todas las que había en mi cuerpo estaban empleadas en sudar la camiseta, así que no me quedó otra que sacar pecho y seguir….

Y mientras pienso todo esto, pienso en mis en mis compañeros de trotes, en Ana, en Emilio y en Miguel Ángel, que mañana lo darán todo en Sevilla para intentar mantener el pabellón bien alto, y en Carmelo, medio lesionado y con su padre pachucho, que a pesar de no tener las circunstancias a su favor, seguro que hará un carretón en Tokio que dejará a los japoneses con los ojos como un dibujo manga.

Cada uno arrastramos nuestras circunstancias personales. Sólo nosotros sabemos qué es lo que realmente nos lleva a correr, a echarnos a las calles a gastar zapatillas y a dejar nuestras pequeñas miserias por el asfalto. Porque todos tenemos nuestros momentos de gloria, nuestros días en los que correríamos hasta donde llega el horizonte, tocar la raya y volver, y días en los que nos sentimos como un elefante intentando hacer danza clásica. Vamos, lo que le pasa a cualquier ser “normal”, aunque porqué no reconocerlo, también nos gusta sentirnos especiales por correr. Nos gusta ser el tipo raro al que le dicen que deje de correr porque ya está muy flaco y que responde que no corre para adelgazar, sino que adelgaza para correr, el que aguanta una y mil veces la manida frase de que correr es de cobardes. ¡Pues claro que no es de cobardes! De cobardes es huir y corriendo, nosotros nos enfrentamos a nuestro peor enemigo: nosotros mismos.

Relájate y disfruta. Relájate y disfruta. Relájate y disfruta…

A ver si soy capaz. Ahora que ya está casi todo el trabajo hecho, sólo me tengo que acordar de sonreír al llegar a la meta. Es bonito que se note el esfuerzo…pero que no parezca que me están degollando. En mi anterior maratón, hasta mis hijos se echaron a llorar al ver el careto que traía.

Así que para motivarme me pongo el video de Joan Benoit, el primer oro olímpico en maratón femenino, que pasó a ser disciplina olímpica en Los Ángeles 1984. Cruzó la meta con los brazos en alto y una preciosa sonrisa. Para mí es un ejemplo inspirador. Una mujer de apariencia frágil, por la que nadie daba un duro porque que acababa de salir de una operación de rodilla y que se comió con patatas a sus contrincantes desde el comienzo de la carrera.

Me encanta el video, me lo pongo una y otra vez porque me da subidón con la música, la historia, y sobre todo con lo que transmite: “fe-dudas”, “miedo-agallas”, “una maratón no es una lucha contra el reloj, ni contra tus competidores, es una lucha contra ti mismo, una batalla entre quien eres y quien puedes llegar a ser, una oportunidad de ser mejor, una oportunidad de ser olímpico”.

Y así me hace sentirme a mí. Atleta en mi propia olimpiada que es el día a día. Maratoniana. Porque aunque no corra ni la mitad que Joan Benoit, no me imagino yo a la medallista recogiendo niños en fútbol, en inglés, en pintura y en catequesis… Para mí combinar todo esto con el correr ya es una maratón diaria. Terminar de trabajar a las 14.00, irme a correr 21 kilómetros, llegar a casa a las 16.00 y tener una hora para estirar, ducharme, comer y estar a las 17.00 recogiendo a mis hijos en el colegio para mí es la maratón de verdad, no la que correré el 23 de marzo. Por eso Roma no va a ser más que un premio, la guinda a la carrera que corremos diariamente con nuestra achuchada “vida moderna”.  Porque lo verdaderamente duro es intentar rascar del día a día esos minutos para una misma que me recuerdan que a pesar de la dedicación a la familia, también existo yo;  que por muy madres que seamos nosotras también tenemos derecho a nuestra pequeña parcela de espacio propio para correr, hacer magdalenas decoradas, leer el Hola, o hacer lo que a cada una lo que le dé la gana.

Yo elegí correr, porque es la lavadora de mi cabeza, lo que me blanquea la basurilla que sin darnos cuenta se nos va acumulando con el devenir de la rutina. Y me encanta. Aunque muchas veces no me apetece; es más, todas las semanas hay momentos en los que mandaría esto a paseo. Pero al igual que mi hijo ha adquirido un compromiso con sus compañeros de fútbol y no puede fallarles porque llueva, yo he adquirido un compromiso conmigo misma. Y lo que menos me apetece los martes por la noche, cuando los niños ya llevan el pijama puesto, es dejarlos en casa cenando con mi madre y salir a correr, de noche, sola y pensando en terminar rápido para llegar a tiempo de leer el cuento antes de acostarlos. Pero si nos proponemos algo y nos arrugamos cuando las cosas se ponen feas, ¿qué ejemplo estamos dando a nuestros hijos?

De todas formas, conforme escribo esto, me doy cuenta de lo fácil que resulta ponerlo sobre papel y lo difícil que resulta cumplirlo. A veces nos gusta sacar pecho para contar lo que para nosotros son pequeñas hazañas, pero otras no lo cuentas por vergüenza, porque por la boca de alguna madre escuchas  “qué fuerza de voluntad, hija, qué mérito”, pero por sus ojos lees, “qué mala madre, que deja a los niños con la abuela para irse a correr”. Así que, si quieres seguir con esto, automáticamente hay que echar esas miradas al cubo de las cosas sucias que debes blanquear en la lavadora de la cabeza, y cuando vuelves de correr, compruebas satisfecha que para tus hijos también compensa la ausencia de una hora semanal por ver llegar a su madre con una sonrisa de oreja a oreja.

Así que a pesar los ratos feos, tenemos que pensar en la gloria de los momentos brillantes: relájate y disfruta una vez más.

 

Aunque las circunstancias ahora sean otras. En el maratón de Zaragoza corría impulsada por el encuentro en meta con mis padres, mis hijos y mi pareja. Ahora no estarán. Y muchos en Zaragoza estarán pendientes del tiempo que haga. Uff…. Pero venga, Rosa, sin presión, relájate y disfruta… No me esperará nadie al llegar al Coliseo, pero no voy sola. Me llevará una liebre de oro, que con una marca personal en maratón de 2:36, ha preferido plegarse a mi ritmo y no hacer su carrera sino la mía. Irá de paseo, haciéndome fotos mientras yo me dejo los higadillos en el empedrado de la ciudad eterna. Así que yo sólo tengo que correr un rato largo. Y como dicen mis hijos, “¡eso está chupao!”.

Sólo tenemos que creer en nosotros mismos y disfrutar con lo que hacemos. Mi hijo los sábados se cree Messi. Yo los domingos me creo Joan Benoit. Él con su equipo del cole. Yo con mi trote borriquero. Y aunque nosotros no tenemos clubes de fans, ni fichas millonarias, nos sobran ilusión y ganas de pasarlo bien. Y eso es lo único que debe importarnos al practicar nuestros deportes. Así que…  relájate y disfruta!!

 


Rosa Balaguer. Periodista, madre con patas que corre delante y detrás de sus churumbeles. Apasionada de sus hijos, de las cosas bonitas y de la vida en general. Apunta en un cuaderno las “perlas” de sus pequeños filósofos, convencida que algún día será su bestseller. Media naranja de conpequesenzgz

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