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Lanzarote: destino ideal para combinar descanso y ...

Lanzarote: destino ideal para combinar descanso y turismo natural con niños

Siempre he sido poco amiga de los grandes hoteles “familiares”. Soy más dada al mochileo, a los planes por mi cuenta y a salirme de los circuitos turísticos por excelencia.

Pero este año ha sido ajetreado y en verano necesitaba dejarme mimar por una vez, anhelaba un hotel para que me hicieran la cama y la comida porque con la opción de apartamento, al final de las vacaciones, a veces tengo la sensación de que en cuestión de descanso lo único que he hecho ha sido cambiar de fregadera.

En mi caso además, se da la circunstancia de que viajo sola con dos niños, es decir, que tengo que tener el tema logístico bastante bien atado si es que quiero que las vacaciones sean realmente para recargar fuerzas, así que este año decidí buscar un destino en el que pudiera combinar la relajación con el turismo natural, más atractivo y apetecible para los niños que el turismo cultural. Añadimos a esto la comodidad de que Lanzarote cuenta con vuelo directo desde Zaragoza, así que el viaje es cómodo y se aprovecha más el tiempo.

Para alojarnos allí elegí un resort con Kids Club, en el que mis hijos, (11 y 8 años) tuvieran actividades para niños de su edad, pero tenía claro que no quería uno de esos mega complejos con playa en la puerta para que no tengas que salir en toda la semana, ya que también quería hacer excursiones por la isla. Así que lo que hicimos fue ir alternando días de descanso, con otros de turismo a nuestro aire con coche de alquiler.

La primera excursión que hicimos fue a la isla de La Graciosa. Nosotros estábamos en el sur, por lo que había que viajar hasta el norte de la isla. Alquilé un Ford Fiesta, más que de sobras para los tres y cómodo para movernos. Ningún problema conducir en Lanzarote: las carreteras están bien asfaltadas y con un tráfico escasísimo y todo está bien señalizado. Alquilar un coche es bastante asequible (unos 35€/día) y en cuestión de gasolina, con 25€ sobra y resobra para recorrer la isla de norte a sur en tres jornadas.

La isla de La Graciosa forma parte del archipiélago chinijo y para llegar hasta ella hay que ir a Órzola, un pueblecito pesquero en el que cogeremos un ferry pequeñito. Importante estar allí pronto, sobre las 10, para poder subir a uno de los barquitos en los que te ofrecen el pack organizado para ir a Caleta de Sebo (el puerto de La Graciosa) y de allí a una zona de pequeñas calas cerca de la Montaña Clara Hendida, un antiguo volcán a cuya faldas nos bañamos.

En toda la isla viven menos de 500 personas (¡nuestro cole es más grande!, decían mis hijos…). Caleta de Sebo es la única población en la que hay servicios: farmacia, bares, casitas rurales, una iglesia dedicada la Virgen del Carmen, patrona de la Mar y un precioso puertito. Las calles están todavía sin asfaltar y son de arena, por lo que la gente sale descalza de su casa, en bañador, se da un baño en el mar y vuelve a su casa como ha venido.

Hay poquísimos coches (todos son todoterreno)  y los pocos turistas que se alojan allí se suelen mover en bici (por supuesto, btt de ruedas súper gruesas). Dimos un paseo corto para hacernos idea de lo que es la “slow-life” y de allí volvimos al barco para ir a la zona de calas, en un agradable recorrido por zona de costa bastante escarpada.

La empresa de los ferrys tiene allí kayaks, te deja gafas de buceo y ha montado dos pequeños hinchables para que pases una mañana de playa diferente en un paisaje precioso. Algunos optaron por explorar a pie las calas para buscar rincones perdidos; mis hijos quisieron hacer TODAS las opciones que nos dejaban, de manera que casi no tuve ni tiempo de extender la toalla, pero la verdad es que pasamos una mañana francamente divertida (y agotadora!). Después comimos en el mismo barco una paella batallera, allí parados frente al volcán, pero estuvo bien porque nos permitió descansar un poco, disfrutamos cuando el capitán dió de comer los restos a las gaviotas y a los peces (que se podían observar desde el “fondo submarino” del barco) y a mí hasta me dió tiempo de sacar mi cuaderno de viaje con mi cajita de acuarelas y plasmar así mi recuerdo de esa jornada tan chula.

De regreso a Órzola, cogimos de nuevo el coche para bajar un poquito más hasta el pueblo de Punta Mujeres. Entramos ahí por casualidad, buscando una terraza agradable en la que tomar un refresco antes de emprender regreso hacia el sur de la isla y fuimos a parar a una zona en la que los adolescentes se tiraban al mar desde lo alto del muelle. Nos apeteció quedarnos ahí un rato de “contemplación” y buscando sitio para aparcar llegamos a una zona con piscinas naturales en el mar. ¡Menudo hallazgo! Chancleta, gafa de buceo y ¡al agua de nuevo! Era una zona deliciosa, donde se estaban bañanado los vecinos del pueblo y había algunos niños aprendiendo a pescar. Allí nos quedamos un rato hasta que decidimos regresar hacia el sur por la carretera LZ-1 que recorre el Este de la isla y llegar a tiempo para la cena en el hotel.

 

 

 

 

 

 

 

Hicimos dos días más de excursiones, dividiendo la isla en Norte y Sur. Un día lo dedicamos al Parque Nacional de Timanfaya y la zona de Tierra de Fuego, en el sur, y el otro al norte, donde vimos en el mismo día el Mirador del Río, La Cueva de los Verdes y los Jameos del Agua (están las tres cosas prácticamente juntas).

En la entrada de cualquiera de estos parajes te ofrecen packs de entradas que te permiten economizar con respecto a comprar las entradas sueltas. Yo compré un pack de entradas a 4 Parques Nacionales, que salen más baratos que comprar las entradas sueltas. Su precio es de 28€ por adulto y 14€ por niño. También se podía elegir entre el Jardín de Cáctus y el Castillo de San José, pero tampoco quería pecar de intentar abarcarlo todo con los niños, así que cogí lo “imperdible”, y creo que acerté en el punto de ver lo más importante sin agotar a los peques.

El día que hicimos la parte norte subimos por la carretera LZ-30, que atraviesa el centro de la isla por la zona vinícola de La Gleria, curiosísíma de ver porque como en Lanzarote no llueve y toda la tierra es volcánica, tienen que plantar todas las viñas protegidas por muretes semicirculares para que sea la propia humedad noctura la que hidrate la planta.

En esta zona de viñedos paramos cinco minutillos para hacernos unas fotos y seguimos ya hasta Teguise, un pueblo precioso en el que los domingos ponen mercadillo de artesanía y hay un montón de ambiente. Si queréis comprar artesanías o recuerdos, es el sitio ideal. Nosotros paramos poco más de una hora para darnos una vuelta y almorzar antes de seguir hasta Mirador del Río. Aquí hay que subir por unas carreteras estrechas y escarpadas, que ofrecen una vista preciosa desde lo alto pero requieren bastante atención a la hora de conducir, ya que hay un montón de ciclistas aprovechando el espectacular puerto.

 

El Mirador del Río es sólo eso, un mirador, pero merece la pena de todas todas subir hasta allí sólo para contemplar la vista del norte de Lanzarote y La Graciosa enfrente (vimos desde allí, con otro punto de vista, el sitio que habíamos visitado dos días antes).

Como aquí la visita se hace rápido, bajamos de nuevo atravesando la zona del Volcán de la Corona y llegamos a ver La Cueva de los Verdes, una gruta impresionante que nos lleva por el antiguo cauce seco de lava del volcán durante un recorrido circular de un kilómetro que termina con una sorpresa que no voy a contar para no hacer spoiler a los futuros visitantes.

 

De aquí entramos seguido en Los Jameos del Agua, un sitio especial que está tal y como yo lo recordaba, cuando lo visité con mis padres hace 31 años. Quizás por este componente sentimental a mí la visita de los jameos me gustó más que los Verdes, pero a mis hijos, salvo por el detalle de los cangrejos blancos, una especie animal que sólo existe aquí, lo que de verdad les enamoró fue la Cueva de los Verdes y la sensación de hacer un viaje por el interior de la Tierra, como en las mejores novelas de Julio Verne.

 

Nuestra tercera y última excursión a nuestro aire con el coche de aquiler fue al sur. Aqui nos recomendaron también visitar la parte de las playas del Papagayo, pero yo preferí centrarme en la zona de Tierra de Fuego, que incluye el Parque Nacional de Timanfaya.  Aquí, si se visita por nuestra cuenta y no con autobús organizado, sí que es importantísimo llegar temprano si no queréis malgastar más de medio día haciendo fila encerrados dentro del coche para poder entrar, ya que el acceso de vehículos está restringido y la afluencia es muchísima. El parque nacional abre sus puertas a las 9 de la mañana. Nosotros madrugamos y a las 9.30 ya habíamos conseguido aparcar nuestro coche. De esta manera, solo tuvimos que esperar cinco minutos para subir en el autobús que te guía por dentro del parque, pero cuando nos marchamos, la fila de coches que intentaban acceder era de varios kilómetros. No quiero ni imaginar a la hora que saldrían de allí… 🙁

La visita al parque, sencillamente nos encantó. Subes a un bus que te da un paseo por una carretera desierta entre volcanes mientras te explican la formación de la isla y el parque geológica, y la verdad es que en medio de ese abrupto secarral, no resulta difícil imaginar erupciones y explosiones volcánicas. Después hay un par de demostraciones geotérmicas para ver la temperatura a la que se encuentra el suelo: agua que sale vaporizada a toda presión al echarla al interior de varios agujeros, matorrales que arden al aproximarlos al interior de pozos que emanan calor, piedras tan calientes al alcance de la mano que sólo con tocarlas te abrasas, y por supuesto, para los que tengan hambre, pollos y patatas asadas sólo con el calor que sale del suelo.

Después de todos estos “experimentos”, bajamos con el coche al obligatorio paseo de dromedarios. Como era pronto, allí fue llegar y besar el santo. 12€ por camello (sólo pueden montar dos personas por animal), el recorrido dura una media hora escasa, pero a los niños les pareció tan exótico, que merece la pena.

Normalmente las visitas guiadas terminan allí. Nosotros, aprovechando que disponíamos de coche, quisimos seguir conociendo la zona de Tierra de Fuego y bajamos un poquito más hacia el sur, hasta llegar a El Golfo.

Este es un pueblo chiquitín, con algunas casas coquetas en la orilla del mar y bastanes restaurantes pequeños y agradables. Allí a nosotros nos llamó la atención la cantidad de gaviotas que había, así que buscamos una playa tranquila en la que nos dimos un baño antes de comer y los niños quisieron aprovechar para pintar su recuerdo del día.

Cuando nos secamos, compramos unos bocatas y unos refrescos y nos fuimos a ver El Lago Verde, una laguna natural de espectacular verde esmeralda que se ha formado enfrente del mar y que en medio de la arena negra y las rocas rojizas, forma una postal natural increible. Como mejor se ve el lago es desde arriba de un pequeño acantilado; el acceso al mismo está prohibido para preservar su pureza, pero puedes bajar a la playa y a las dos calas que hay al lado, así que decidimos bajar allí a comer entre las rocas. Fue genial. La cala entera sola para nosotros, nos bañamos en una especie de poza formada en la roca, pero no nos atrevimos a meternos en el mar puesto que allí tiene mucha fuerza y es hasta peligroso.

Después del baño, repuestas las fuerzas y ya más frescos, continuamos hasta Los Hervideros, zona espectacular de acantilados en la que merece la pena perder un ratillo en el paseo. Aquí, me tocó a mí el turno para hacer uso de la cajita de acuarelas mientras los peques hicieron su particular concurso de lanzamiento de piedras al mar. Y de ahí ya, vuelta a Playa Blanca, donde estaba nuestro hotel, con pequeña parada en el mirador de las Salinas de Janubio, que nos pillaba de camino. Y con esto terminamos nuestros tres días de excursiones por la isla.

La verdad es que ha sido una delicia de semana, con momentos para todo y para todos. Hemos hecho turismo y hemos descansado. Hemos visitado sitios desiertos sin apenas turistas pero también ha habido ratos para el bullicio en los juegos infantiles del hotel (donde los niños incluso han hecho amigos ingleses!).

Es un viaje cómodo, fácil y un poco diferente de lo que es el turismo de playa. La gente es encantadora, la gastronomía, deliciosa y los precios no me han parecido nada abusivos en comparación con otros sitios turísticos. A mí me pareció ideal para ir con niños porque hay muchas cosas para ver, pero todo muy relajante (los niños se cansan enseguida en las visitas de monumentos históricos y aquí todo se les hizo corto), es una isla muy acostumbrada al turismo familiar y todo está muy pensado para poder hacer con peques. Así que, como no podía ser de otra manera, nos llevamos Lanzarote en nuestras retinas, en nuestro corazón.. y en nuestro cuaderno de viaje!

 

 

 

 

 


Rosa Balaguer. Periodista, madre con patas que corre delante y detrás de sus churumbeles. Apasionada de sus hijos, de las cosas bonitas y de la vida en general. Apunta en un cuaderno las “perlas” de sus pequeños filósofos, convencida que algún día será su bestseller. Media naranja de conpequesenzgz

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