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Te lo digo por escrito

¿Recordáis cuando no había whatsapp, ni Facebook, ni Instagram? Cuántas veces hemos dicho eso de “antes no había móviles para avisarnos y llegábamos siempre puntuales”… Yo me oígo decir esto a mis hijos (que me miran como a un bicho raro cuando se lo cuento) y de repente me caen tropecientos años encima. Porque, ¡madre mía cómo han cambiado los tiempos con las comunicaciones!

Pues bien, con mi entrada de hoy me pongo en plan abuela cebolleta, recordando esa manera tradicional de comunicarnos, ya completamente en desuso, que nuestros hijos no han conocido y que son las cartas.

Este verano he tenido que rescatarlas y, salvando las distancias con los protagonistas de “Te lo digo por escrito” (novela epistolar de la aragonesa Ángeles de Irisarri), el escribir cartas me ha removido tantas cosas…

Se ha dado la circunstancia de que mis hijos han ido a dos campamentos distintos, cada uno al que elegió. El pequeño estuvo en unas colonias ciclistas, conviviendo con sus amigos de la Escuela Ciclista Zaragoza y practicando el deporte que le apasiona. El mayor, en el Pirineo, en el campamento del colegio, al que estaba deseando volver desde el día que terminó el del año pasado.

El campamento del peque era un campamento pequeño, familiar, en el que los padres éramos informados diariamente de lo que hacían nuestro hijos por un grupo de whatsapp. Cada día recibiamos multitud de fotos y vídeos y todas las noches podíamos llamar a los niños por teléfono. Muy de agradecer cuando los niños sonpequeños. Fue una semana con tanto seguimiento que no nos dió ni tiempo a echarlos de menos.

Sin embargo, el del mayor fueron quince días de “aislamiento” con sus progenitores. Este año suprimieron el día de padres a petición de varias familias que alegaron que a muchos niños les perjudicaba más que beneficiaba (opinión que no comparto, pero eso ya es tema para otro debate….), estaban prohibidos los móviles y no había ningún grupo de whatsapp donde recibiésemos novedades de su día a día (por supuesto había manera de comunicarse con ellos para emergencias, pero afortunadamente no tuvimos que usar estas vías). La única manera de comunicarnos con ellos ha sido por carta. El año pasado ya fue así y me sorprendió que en dos semanas mi hijo escribió cuatro cartas. A él también le hizo mucha ilusión recibir correo, así que este verano decidí currármelo un poquito para mantener viva la llama epistolar que tanto nos ilusionaba a los dos.

Yo siempre he tenido debilidad por los articulos de papelería y cuando era pequeña y me iba de campamentos o intercambios, siempre llevaba mi colección de papeles a juego con los sobres. Pintaba en las hojas, y a veces hasta hacía esa cursilada de perfumar el papel. Rebuscando en el baúl de los recuerdos encontré que aún guardaba alguna hoja suelta, ya casi reliquias por las ilustraciones ochenteras que tenían, pero me las guardé y decidí emplear para mi hijo cosas más neutras, menos femeninas y más artesanales. Saqué mi plumier, la colección de sellos estampables, pinté una acuarelita que le metí en el sobre y hasta le adjunté unas flores secas y prensadas que cogí en el Pirineo para contarle una excursión que había hecho en su ausencia. Recordé el fabuloso ejercicio redaccional que es ponerte a contar por carta lo que has hecho y lo que quieres hacer y me acordé de mis tiempos mozos del “Querido Diario”… ¡Ay! ¡Qué cebolleta me estoy poniendo con esta tontada de la carta!…. pero es que no ha sido tan tontada. No sabéis la impaciencia con que abría todos los días el buzón para ver si había recibido carta de mi hijo y la emoción con la que leí las que me mandó. Me gustaba imaginar su cara de ilusión al recibirla y por los dibujillos que hizo en el sobre, adivino que este sentimiento fue mutuo.

Así que el “castigo” de incomunicarmos con nuestros hijos durante 15 días se convirtió para nosotros en una oportunidad de practicar algo tan viejo como las relaciones epistolares.

Hace tiempo leímos juntos “Te quiero un montón”, un libro que hablaba de las cartas y de cómo los sentimientos viajan en sobres de papel recorriendo todo el mundo y salvando dificultades. Es ideal para niños que empiezan a leer solos y muy chulo para compartir en el ratito de lectura nocturno. Además el final es muy tierno (¡tranquilos, no os lo voy a contar!). Este libro ya les encantó, pero creo que fue porque lo de escribir cartes les pareció algo rústico y exótico a la vez. Ahora ya están un poquito mayores para leerlo. Pero creo que al igual que mi colección de sobres y papeles, lo voy a rescatar para revisarlo juntos una tarde de estas.

 

Os recomiendo el libro y por supuesto, hacer el esfuerzo de retomar la bonita costumbre de escribir cartas. Las navidades pueden ser una buena excusa para ponernos manos a la obra junto a los peques. Haced vuestras propias postales con un dibujo de ellos y disfrutad del proceso ya casi artesanal de escribir a mano, buscar un sobre bonito, pegar el sello y llevarlo al buzón. Si dais con otro nostálgico delpapel… ¡igual recibís respuesta! ¡Suerte!


Rosa Balaguer. Periodista, madre con patas que corre delante y detrás de sus churumbeles. Apasionada de sus hijos, de las cosas bonitas y de la vida en general. Apunta en un cuaderno las “perlas” de sus pequeños filósofos, convencida que algún día será su bestseller. Media naranja de conpequesenzgz

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